El Imaginarium de Walter Solar - Capítulo I







Me despierto sin saber donde estoy o donde estuve. Estoy tirado sobre un piso polvoriento en el medio de un desierto. Alzó la mirada y puedo ver altas montañas a lo lejos. A mi lado hay una puerta abierta, Un marco y su hoja de gruesa madera oscura. Su base está enterrada en el suelo. Es una puerta abierta en medio de la nada. Quizás acabo de cruzarla desde otro lugar, eso no lo sé.
     Me levanto y me veo vestido con un largo sobretodo. Tengo un bolso con su correa cruzada sobre mi pecho. Cruzo la puerta que no da a ningún lado y miro el desolado paisaje. El suelo polvoriento y las montañas a mi alrededor. Me digo que será mejor buscar un lugar donde pasar la noche.
     Camino por el desierto donde sólo hay un suelo gris y seco ante mí. Al rato me encuentro en medio de una tormenta de polvo. Esta me envuelve. Siento el polvo que golpea áspero y seco contra mi cara.
     Camino a ciegas mientras atravieso la tormenta. El sobretodo grueso y viejo me protege el cuerpo. Me subo la solapa para cubrir también mi cara. No logro ver más que esa fina tierra que se mete en mis ojos, la huelo y la mastico. 
   Luego de bastante caminar llego a lo que parece un pequeño poblado de casas viejas y abandonadas. No hay ni un solo árbol, ni una sola planta. Todo parece estar abandonado hace largos años.
     Me acerco a una de las casas de la calle. Todo está cubierto por el mismo polvo, Lo que puedo ver a mi alrededor es gris, no hay otro color  la vista. Hasta el cielo parece haber tomado la misma tonalidad.
     La vieja casa tiene una entrada que me parece reconocer. Creo tener algún recuerdo de un lugar así, aunque mis recuerdos están muy fragmentados. En mi recuerdo el lugar es más nuevo y reluciente. Este parece haber sufrido algún cataclismo, se lo ve abandonado varios años atrás
     No se ve ni se escucha un alma alrededor. Me acerco a la puerta, tomo el picaporte y este se deshace en mi mano antes de poder abrir. Luego abro la puerta con sólo empujarla, al abrirse se desmonta de sus herrajes y queda colgando torcida, sostenida apenas de su base. Entro y la cierro a mis espaldas como puedo. La coloco dentro del marco que la sostiene como un yeso a un hueso quebrado.
     Al entrar veo una sala cubierta por el mismo polvo de afuera. Reconozco las cosas apenas por sus relieves. Hay una mesa, sillas, un aparador con adornos y algunos portarretratos sobre él. También hay cuadros en las paredes. Me acerco a ellos con curiosidad. Con el deseo de ver alguna figura humana, algún rostro.
     Pero no es posible. Las imágenes ya no existen, sólo hay restos de lo que fueron una vez. Apenas se ve algún vestigio de un paisaje o de alguna figura. En ninguna existe una forma humana completa, ni un rostro, ni una sonrisa que me alivie.
     Me resigno sintiendo una más profunda soledad. No tengo memoria alguna de que fue lo que me pasó. Ni lo que fue mi vida hasta el momento que aparecí en este desierto. Tengo apenas algunos fragmentos en mi memoria. Esto me parece un sueño. Uno en el que lo he perdido todo. Donde he quedado por completo solo.
     Dentro de la casa siento un profundo frío, uno que me congela hasta los huesos. Busco la forma de calentarme. En esa sala hay un viejo calefactor a gas pero seguro hace tiempo que no hay suministro de gas, ni de electricidad, ni de agua.
     Subo las escaleras a la planta alta. Recorro las tres habitaciones de arriba. En una que parece la principal y da al frente de la casa veo algo que me sobresalta. Son los restos de dos cadáveres sobre la cama. Son huesos apenas reconocibles entre el polvo. Me quedo petrificado bajo el dintel de la puerta sin lograr ingresar, asustado por mi descubrimiento.
     Luego veo que en esa habitación hay un hogar con chimenea, uno donde podría prender fuego. Si consiguiera algo que quemar. Veo unos libros en una biblioteca. Pero al querer tomarlos se hacen polvo entre mis dedos. Todo es polvo, o se transforma en él con sólo tocarlo.
     Hay una silla de madera, parece que ha sobrevivido al tiempo. La tomo y veo que es rígida. La rompo en pedazos azotándola con todas mis fuerzas contra el piso. Mientras la azoto me siento poseído por una furia violenta e impulsiva. Hago pedazos la silla con rápidos y violentos golpes hasta que quedan trozos y astillas. Luego la furia se disipa y me siento más calmo.
     Pongo la madera en el hogar para prenderla. Al agacharme algo me lastima. Parece que me clavé una astilla en la mano durante mi ataque de furia. Siento el dolor, retiro la astilla y sangro. Siendo un súbito alivio al sentirme vivo frente a esa imagen de sangre que gotea de la herida. Al menos sigo vivo en este extraño lugar.
     Aún siento el intenso frío después del esfuerzo para destrozar la silla. Busco unas rocas afuera y algo de papel en la casa para prender el fuego. Luego de varios intentos usando un par de rocas, logro prender fuego el papel, y al rato la madera comienza a crepitar y arder. El ver el fuego me hace sentir más vivo aun, siento ganas de compartir el momento con alguien. Termino mirando a los dos esqueletos en la cama como si mirara a alguien que presenció mi pequeña hazaña. 
     Me siento en el suelo al lado del fuego. Me saco el bolso que cuelga de mi hombro y mi sobretodo polvoriento. Me relajo y descanso un rato. Cierro los ojos, me siento muy cansado. Me duelen los pies dentro de las rígidas botas de cuero. Me las saco y me quedo un rato frente al fuego. Mis ojos están hechizados por las llamas que danzan alrededor de los pedazos de madera ya transformadas en brasas.
     Después de un rato reviso la habitación con la mirada mientras sigo sentado en el piso. Allí también hay una cómoda con retratos y cuadros colgado en las paredes. Pero todos ha sufrido la misma suerte que los de la planta baja. Nada es legible, ninguna imagen transmite más que grietas descoloridas, sin formas o rasgos reconocibles. Me levanto y recorro la habitación mirando de cerca cada retrato, intentando encontrar algo. Quizás sea mi última oportunidad de ver otro ser humano, impreso en papel  al menos. Sé que estoy en peligro. No se el porqué, aunque siento que debo mantenerme en movimiento. Que ese lugar no es seguro, como si supiera que vienen por mí.
     Mientras sigo hurgando entre los retratos me quedo paralizado. De repente siento una gran dosis de adrenalina corriendo por mis venas. Algo que me sorprende y me encuentra desprevenido. Siento una contradicción que me consume. No puedo reaccionar a esa impresión. Me doy cuenta de que estoy vagando hace demasiado tiempo. Antes de llegar a este desierto. Siento que llevo años sin tener contacto con la que fue una vez mi vida. Por primera vez me siento tan perdido. No se ya quien soy. Los pocos recuerdos que conservo de mi vida parecen los de otra persona. Recuerdos de hace largos años en el pasado. Casi parecen una fantasía leída en algún libro, más que momentos vividos de una vida.
     Al costado de la ventana hay un retrato. Lo agarro de su marco y lo desprendo de la pared. Lo sostengo asustado y ansioso en mis manos temblorosas. En ese momento me doy cuenta que no recuerdo haber visto otro rostro humano en demasiado tiempo. Tengo en mis manos la única foto que ha sobrevivido aquí. Puedo ver una mujer con un hermoso niño en sus brazos, los dos se miran entre sí, sonriendo cautivados el uno por el otro. Como si nada más existiera en el mundo en ese momento. Al presenciar esa imagen un escalofrió me recorre todo el cuerpo, desde la cabeza hasta mis pies.    Sin embargo un ruido fuera me despierta del hechizo. Siento que la  amenaza se acerca. Miro por la ventana pero no veo nada más que polvo volando en el viento. Aunque puedo sentir en los huesos que viene por mí, me ha seguido el rastro. De manera rápida apago el fuego golpeando las brasas con mis botas. Luego me las calzo, me coloco el sobretodo y cruzo la correo de mi bolso en mi pecho.
     Tomo el retrato y lo guardo con celo en mi bolso. Me estoy por marchar cuando recuerdo que olvido algo. Saludo por última vez a la pareja de esqueletos en la cama. Les deseo que descansen en paz. Bajo a toda prisa de la planta alta, busco una puerta trasera, salgo por ella. Me meto otra vez en la tormenta de polvo y desaparezco en ella. No ha sido una parada en vano, me llevo un preciado regalo en mi bolso.