El Imaginarium de Walter Solar - Capítulo II










Sigo avanzando a través del fino polvo del desierto. Adelante escarpadas montañas a las que me acerco con cada paso. La casa con sus esqueletos ya quedó atrás y en mi bolso llevo mi tesoro recién capturado. Camino por horas hasta acercarme a un grupo de altas montañas. En una especie de claro entre los primeros montes veo una elevación más baja. Un sitio donde las montañas se abren. Parece haber un pequeño monte de forma cónica. Ubicado justo en medio del claro, como el eje de las agujas de un reloj. 
     Mientras camino vuelvo a preguntarme qué hago aquí. Si habré llegado por mi propia voluntad, o por algún raro designio del destino. Si este es el inicio o acaso el final de mi inconsciente travesía. Consigo sacarle a mi memoria fragmentos de recuerdos de mi vida antes de llegar aquí. Un fragmento me recuerda que siempre hubo algo en mí, algo impulsivo e irracional, que me movía a avanzar sin pensar en las consecuencias. Nunca pude quedarme quieto, pero tampoco sabía con claridad a donde me estaba dirigiendo. Quizás este viaje sea causa de uno de esos impulsos, uno que aún no puedo recordar. 
     Otro fragmento me recuerda que de niño siempre sentí admiración por las personas que sabían a que querían dedicarse durante su vida. Yo nunca pude decidir una sola cosa sobre el resto. A diferencia de esas personas tan definidas, me sentía siempre en medio de una búsqueda sin fin. Yendo de aquí para allá, atraído por todo, definido por nada. Quizás me gustaría que este viaje me ayudara a definirme. 
     Con cada paso me acerco más a esa elevación en medio del claro. Algo me dice que sería mejor que camine más cercano a las montañas para ocultarme y ponerme a salvo  de cualquier peligro. Pero algo me dice que debo ir hasta esa elevación en el centro y ver de qué se trata.
     A medida que me acerco veo que tiene una forma extraña para ser una montaña. Está inclinada hacia un lado y tiene altas torres que terminan en punto a gran altura. Cuando me acerco lo suficiente como para poder observarla de cerca, al fin entiendo de que se trata. Otro fragmento de memoria aparece en mi mente, y reconozco que ante mí están los restos de una alta catedral. Sus bases se han vencido y el viejo gigante quedó encorvado. Se encuentra casi completa, aunque algunas partes de la cúpula son ahora ruinas en el suelo. Entre escombros se inclina implorando perdón.  
     Llego a sus pies con el atardecer, casi terminando un día que parece infinito. Siento el cansancio de haber seguido una larga peregrinación. Estoy agotado, hambriento y sediento. El sol se inclina en el horizonte y los colores del crepúsculo lo invaden todo. Trepo entre los escombros y me escabullo entre pasadizos formados por los restos de viejos muros. Busco un lugar reparado del viento del desierto donde pasar la noche. 
     Ya dentro del gigante dormido camino sobre viejos pisos de mármol tapados por la fina tierra del desierto. Altas columnas rajadas y resquebrajadas son las que sostienen lo que queda en pie. Me quedo mirando los grabados de líneas y formas en las paredes y columnas. Arriba, la gran cúpula, desgarrada por el tiempo, deja entrar la tenue luz de la tarde. Con cada momento el aire se torna más oscuro y las sombras toman vida. 
     Avanzo hacia el fondo, cuando escucho con sorpresa el sonido de agua corriendo en algún lugar. Llegando al centro de la catedral, veo que desde allí en adelante ya no hay suelo. A desaparecido todo un sector del piso hasta el fondo del edificio. En su lugar hay un gran pozo. Me acerco al borde y desde arriba veo que está por completo cubierto de vegetación. Varios metros abajo, en el subsuelo, hay una selva. Atravesándolo todo hay un manantial que corre libre. 
     Bajo al pozo sosteniéndome de las ramas de las paredes. Con la poca luz que queda veo que estoy ahora en una pequeña foresta de una decena de metros. Un oasis bajo techo. Apenas llego al manantial, que fluye sin parar, bebo desesperado. El agua se siente tan pura como no recuerdo haber probado antes. 
     Una vez saciado me tiro contra una roca y me dejo encantar con el sonido del agua. Para mi sorpresa hay árboles de frutos a mi alrededor. Apenas los veo me arrojo sobre las manzanas, duraznos y ciruelas. Me hago de un pequeño botín, en un rincón entre las rocas al borde del agua me acomodo y como con gusto. Disfrutando cada bocado de estos frutos.
     Bajo las últimas gotas de luz busco algo para hacer fuego. Subo a la superficie donde quedan restos de las antiguas puertas y otras piezas de madera. Las llevo a mi nuevo hogar donde prendo una fogata. Armo una cama improvisada con mi sobretodo y bolso. A un costado pongo el retrato de la madre mirando a su hijo. Mi única compañía al llegar la noche. 
     Me recuesto en mi lecho junto al fuego y escucho el viento soplar con más fuerza afuera. Un momento antes de llegar a la catedral creí que podría morir de hambre y sed en el desierto. Ahora me veo con agua y comida en abundancia, llegando aquí justo a tiempo para pasar la noche. Pienso en lo rápido que puede cambiar la suerte.
     Siento el aroma de la vegetación a mi alrededor. Distinto del desierto donde sólo olía a polvo y perdición. Me quedo mirando las llamas arder y crepitar. Los sonidos del agua y el fuego generan una extraña reverberación bajo la enorme bóveda. Me recuesto de costado sin dejar de mirar el fuego hasta que mis ojos se cierran.





     Despierto ya de día y mientras abro los ojos por primera vez lo veo todo borroso, pero llego a distinguir una figura delante de mí. No sabiendo qué es, me sobresalto y me alejo arrastrándome por el suelo. Escucho primero una risa entre dientes y luego una voz que le sigue. 
     —No te espantes muchacho, no pienso hacerte ningún daño.
     Me refriego los ojos y lo veo un poco mejor. Sentado sobre una piedra junto a la fogata hay un anciano. Con ropaje polvoriento, cabello blanco y corto, con la coronilla calva. Tiene barba rojiza y corta. Lleva un báculo de madera color miel por completo tallado. 
     Me mira sonriendo. Estoy muy dormido para entender de que se trata. Miro alrededor y sigo en la pequeña selva bajo la gran bóveda. Me parece extraño que la fogata siga prendida.
     —Veo que estás muy dormido muchacho. Bienvenido a mi hogar en el subsuelo de este viejo templo. 
     —No tenía donde pasar la noche y me acomodé aquí. Espero no molestarlo.
     —Para nada mi amigo. Me alegro por ti, pues tuviste suerte de encontrar el templo. No es visible desde lejos, pocos han dado con él en el pasado. Me presentaré, mi nombre es Árcapas ¿Cuál es el tuyo? 
     La verdad es que no recuerdo tener un nombre. Como no recuerdo tantas otras cosas acerca de mí. Pero decidí mentirle para evitar confesar. Miré a mi alrededor y pensé en uno lo más rápido que pude. 
     —Me llamo Eden. Gusto en conocerte Árcapas. ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
     —Tanto que no lo recuerdo. Aunque no paso demasiado tiempo aquí. Estoy viajando casi todo el tiempo.
     —¿Dónde estabas anoche cuando yo llegué?
     —Estaba afuera cazando en las montañas cercanas. Cuando llegué de mi cacería, tarde de noche, te encontré aquí dormido con tu fogata ya apagada y humeando. Volví a alimentarla para que no te congelaras. La temperatura baja bastante en el desierto por la noche. Aquí dentro el calor del día se mantiene un poco más, aunque se extingue al llegar la madrugada. Cuéntame algo de ti, de cómo llegaste aquí. Eso me da curiosidad.
     Quise responder pero debí pensar muy bien que decir. No sabía que explicación darle. Ni sabía la forma de explicármelo yo mismo.
     —Aparecí ayer en medio del desierto sin saber de que manera llegué allí. Luego caminé sin parar hasta pasar por un pequeño pueblo abandonado. Seguí caminando y llegué aquí por la tarde. 
     —A todos los que pasamos por este desierto nos pasa lo mismo. Llegas a él y te preguntas dónde estuve toda mi vida. Como si la vida comenzara aquí. Aún recuerdo cuando llegué por primera a este lugar. 
     Sus ojos parecen iluminarse con ese recuerdo. Se queda un instante  recordando y luego sigue con su interrogatorio.
     —Dime ¿Qué buscas por aquí?
     —Pues... no lo sé en verdad...
     —Yo te diré lo que buscas: “RESPUESTAS”. No importa la forma en que llegaste hasta aquí. Todos los que vagan por este lugar buscan eso mismo. No creas que este templo puede ofrecerte sólo agua y comida. Aquí puedes encontrar algo más que eso. Aquí comienza la búsqueda de esas respuestas. Y yo puedo ser tu guía. Ya lo he sido antes, con otros viajeros antes que tú. Eso es lo que eres, un viajero, y necesitas un guía como yo. ¿Qué opinas?
     —Pero no se a donde ir en realidad.
     —Por esa razón necesitas un guía. No debes saber tu destino al comenzar el viaje. Este te será revelado durante tu trayecto. Yo te ayudaré para que eso pase. Al fin de cuentas es eso lo que importa, transitar el camino, el destino está sobrevalorado.
     Árcapas termina de decir esto extendiendo sus manos hacia los lados, bajando la cabeza y haciendo una reverencia hacia mí. Como si esperara un aplauso. Moviéndose con soltura y elegancia para alguien de su edad. Aunque su aspecto es algo impreciso, tiene una mirada brillante y profunda, casi infantil, bajo sus gruesas cejas blancas. No sabría decir que edad tiene.
     —Creo que lo mejor será partir cuanto antes. Es temprano. Si salimos ahora podemos llegar al laberinto antes del anochecer. Una vez que lo atravesemos podrás conseguir respuestas. Conozco varios atajos dentro del laberinto. 
     Yo no hago más que mirarlo perplejo mientras el habla cada vez más entusiasmado. Parece ser que él me hubiera estado esperando a mí, en lugar de yo encontrarlo.
     —Te contaré un secreto de este lugar. Un secreto de un guía a un viajero. 
     Se me acerca mirando hacia los lados como si alguien más pudiera estar escuchándonos. Luego habla bajo casi susurrando.
     —Existen lugares donde hay portales que llevan de un sitio a otro. Sitios que están a grandes distancias o en distintos mundos. Hace años que vago buscando esos lugares. En mis viajes he logrado hacer un plano de varias de estas puertas y sus destinos. No he encontrado todas, no se cuantas serán en total. Pero en el plano tengo varias decenas de ellas identificadas. Soy un guía de los portales, las puertas de entrada a otros mundos. Debes saberlo viajero, sin mi ayuda podrías perderte por siempre entre los portales. También conozco seres que pueden ayudarnos con tu búsqueda. Si estás en este lugar es porque te has perdido. Sólo te queda encontrar las respuestas. Ellas te llevaran a donde debes ir. En este desierto apenas hay moradores, algunos en las montañas, otros bajo tierra. En el desierto no puedes confiar en lo que ves. Cada uno ve lo que quiere ver, y nadie encuentra el mismo lugar dos veces. Aquí todos están de paso y todos están perdidos. Deambulando sin saber que hacer o a donde ir. Llevo bastante tiempo en esto, he revelado varios secretos  y me he aprendido algunos trucos. ¿Por qué crees que vengo a este templo abandonado en medio del desierto? Pues aquí he logrado hacer crecer algunas plantas frutales. Me gusta la fruta y este lugar me sirve de invernadero subterráneo. Tiene luz, pero no demasiada. El clima es húmedo y en su interior corre un manantial de agua pura. Cuando lo visité por primera vez noté que crecían plantas y flores en todo el lugar. Llegue aquí por la puerta del sótano del templo. La que da a las catacumbas. Me di cuenta de que podía plantar lo que quisiera, lo hice y dio frutos. Hermosos, frescos y ricos frutos que mantengo en secreto. Tú deberás mantener el secreto viajero. Ese será tu pago para conmigo. Por eso te ayudaré a encontrar las respuestas, estaré en deuda contigo por guardar mi secreto. Veo que te han gustado mis manzanas. Todavía tienes un poco de ellas en la barba. 
     Me limpio los restos de manzana. Le agradezco por sus frutos y hospitalidad. Y le digo que acepto el trato. Su ayuda por mi silencio me parece un trato justo. Aunque yo no tendría a quien contarle tal secreto. Mientras yo junto mis cosas, él prepara un bolso con víveres y accesorios. Luego nos marchamos. Lo sigo por unas angostas escaleras en forma de caracol, contra la pared del fondo del templo. Estas llevan a las catacumbas de las que me habló. Antes de bajar me entrega una antorcha bañada en petroleo. La saca de un recipiente de acero colocado en la entrada a las escaleras. El toma otra y las prendemos con una lámpara de aceite que está colgada en la pared. Bajamos las escaleras y llegamos a unos pasadizos laberínticos. Árcapas lleva su plano plegado y guardado en un bolsillo de su chaqueta. Para desplegarlo por completo tarda varios minutos y ocupa unos cuantos metros al apoyarlo entero en el piso. No puede hacerlo hasta que llegamos a una sala. Hay una cada tanto dentro del laberinto. Hacerlo en los pasillos es casi imposible. Siempre lleva su mapa plegado con el sector del camino que necesita a la vista. Me va guiando por cada esquina, pasillo y pasadizo del laberinto. Caminamos por esos angostos y bajos pasadizos por largas horas iluminados por las antorchas. Hasta que llegamos a lo que parece el final del camino. Es una saliente, ante nosotros un abismo sin fondo oscuro como el alma de un asesino. Más allá del abismo, a una decena de metros, se ve un monstruoso edificio. Está iluminado dentro. Puedo ver la luz a través de infinidad de aberturas de todos los tamaños y formas en sus paredes exteriores. Es muy alto y ancho. Desde las más bajas profundidades crece sobre nosotros hasta perderse arriba. De izquierda a derecha, todo a lo largo, hasta donde llega la vista. Árcapas me avisa que estamos bajo una gran montaña. Que el edificio en frente está construido con la roca de sus raíces bajo tierra. Pisos y pisos sin fin de construcciones irregulares y asimétricas. Para cruzar el abismo deberemos caminar por la saliente hasta un puente colgante que se puede ver a lo lejos sobre nuestra derecha.
     —¿Qué es eso que tenemos en frente? — Le pregunto.
     —Eso es el laberinto.
     —Si eso es el laberinto. ¿Qué es el lugar por donde acabamos de pasar?
     —Eran sólo los pasillos de las catacumbas. La antesala al laberinto.
     Nos quedamos un rato mirando la increíble vista de ese mundo subterráneo antes de seguir nuestro camino hacia el puente.