El Imaginarium de Walter Solar - Capítulo III









Caminamos por la saliente hasta el puente colgante. Este se encuentra cubierto por una niebla que oculta el otro extremo. Nos disponemos a cruzar la larga e improvisada pasarela de sogas y tablas. Mientras cruzamos entre el crujir de cuerdas y madera le pregunto:
    —¿Con qué nos encontraremos dentro del laberinto?
   Él va delante de mí. Mientras camina de forma lenta, va apoyando su báculo y probando que las tablas resistan antes de pisarlas. Me contesta:
    —No voy a mentirte, es un lugar peligroso y traicionero Eden. Debes estar preparado para lo que verás allí dentro. Algunas cosas serán perturbadoras. Intenta dejar todos tus prejuicios y ataduras del mundo de la superficie fuera de sus dominios. Porque allí no te servirán de nada. El laberinto nos está probando a cada momento. Puede hacer que conozcas límites, que ni tu mismo conoces de tu persona. Es muy fácil perderse en su interior. Un vez dentro de él cada pasillo y recodo te puede prometer ser el camino indicado. Cada sendero te mentirá y te hará creer que es el correcto. No pararás y seguirás adelante no pudiendo evitar creer sus mentiras. Estará siempre iluminado. Los días y las noches del mundo externo parecerán un único día infinito dentro de él. Te engañará y atrapará con su lógica siniestra, mostrándote que el tiempo parece detenerse en su interior. Te prometerá que el siguiente pasillo o recodo es el último. Intentará guiarte siempre hacia su centro y abajo. Por los pasillo más intrincados e imposibles de desandar. Mientras, te estará alejando más y más, del camino que lleva a la verdadera salida. Que la apariencia inerte de sus muros no te engañe. Es un ser vivo que crece y crece día a día. Se alimenta de la forma más perversa. Huele y ansía la desesperación y perdición de los pasajeros de esta pesadilla. Tiene un hambre que nunca logra saciar, busca engullir sin límites  a todas las almas perdidas que lo recorren. Uno a uno caen en sus garras, presas de las obsesiones más profundas. Obsesiones que los visitantes incautos han traído en estado latente dentro de sí al llegar. Las que encenderá y enajenará hasta los límites de lo posible. Jugará con sus mentes, volviendo contra sus portadores, todo lo perverso que encuentre en sus corazones. Es hábil y sabe reconocer de la primera a la última debilidad de cada ser que lo penetra. Su único fin siempre será corromper y consumir todo lo que existe entre sus paredes. Su propósito es perdernos entre sus recovecos hasta que perdamos la razón y ya no podamos abandonarlo. Porque no busca sólo, que te pierdas en él. Necesita hacerte creer que él es tu única realidad.
    Lo escuché con atención y más alarmado ante cada palabra. Para cuando termina de hablar ya estamos en el final del puente y ante la puerta de entrada. Mientras él hablaba mi temor pasó de enfocarse en el puente, para hacerlo luego en el interior del laberinto. Como quien pasa un gran peso de un lado a otro de una balanza de dos platillos.
    Cruzamos un gran portal de piedra iluminado con viejas lámparas de aceite a cada lado de la entrada. Caminamos por los primeros pasillos de este coloso de granito. Cada tanto hay lámparas de aceite que lo iluminan. Dejando a oscuras sólo  los cruces e intercepciones entre los corredores. Sigo a Árcapas que camina delante mío con su mapa desdoblado, de forma de que podamos seguir el recorrido que tiene ya trazado.
    —Descubrí hace tiempo que la puerta que cruzamos para entrar es un portal. Por lo que el laberinto pertenece a otro mundo distinto al del desierto y la catedral. Y no ha sido nada fácil poder hacer un plano de parte de su interior. Si hablaras con cada uno de los que transitó y logró salir con vida. Cada uno tendrá su propia historia. Que pretende explicar como debe ser transitado y donde se debe lograr llegar a través de él. Pero la verdad es que nadie lo sabe todo acerca de este coloso. Hay que aceptar que el laberinto es un misterio. Sentirse dichoso de poder hacer un mapa que lleve de una entrada a una salida. No puedes pretender nada más. Sólo puedo decirte lo que he aprendido por mi cuenta y lo que me han enseñado quienes lo visitaron antes que yo.
    El habla mientras no aparta la vista del plano.
    —Verás como todos los pasajes se parecen entre si, se cruzan, se superponen unos a otros todo el tiempo. Estos pueden llevarte de izquierda a derecha, de atrás hacia delante, de arriba a abajo hasta lograr perderte. Pero eso no es todo. Este monstruo juega también con el tiempo.
    —¿Cómo puede  hacer eso?
    —No puedo explicarlo, pero lo he visto. Hace que te pierdas en su cuarta dimensión. Puede repetir instantes, lapsos de tiempo, escenas completas para confundirte. Un momento tras otro en una repetición incesante, o uno dentro de otro, como un juego de muñecas rusas. Mientras avanzas sin ir a ningún lado, entre innumerables Déjà vu. No lo creí cuando lo escuché por primera vez, hasta que lo presencié. A cierta distancia pude observar a un viajero en un curioso movimiento que se repetía dentro de un único pasillo. Con el caminante atrapado, pareciendo creer que seguía avanzando cuando en verdad estaba yendo y viniendo en el mismo lugar. Pude averiguar que esto sólo pasa cuando estás cerca de una de las salidas. Es su última arma ante una posible fuga de su interior.
    —¿Por qué nos vemos obligados a atravesar este lugar si es tan terrible?
   —Pues, en este sitio no siempre existió un laberinto. Hace siglos había sólo unos pocos túneles entre distintos portales de entrada y salida de la montaña. Se cruzaban esos pasajes para entrar y salir de los portales. Como nosotros ahora dirigiéndonos al destino que nos espera del otro lado.  Pero esos túneles, de alguna manera cobraron conciencia y crecieron sin parar dentro de la montaña. Ramificándose en múltiples  pasajes, curvas, cruces, por arriba, por abajo, creciendo en todas dimensiones, manipulando el espacio y el tiempo.
Mientras habla vamos avanzando de forma lenta, doblando a un lado y a otro. Subiendo escaleras y bajándolas según indica el mapa.
    —Recuerdalo bien. Este lugar es perverso. Lo debemos recorrer con cautela y respeto. Perder la calma puede ser trágico. Hay que evitar confiarse  demasiado dentro de estos muros. Seguiremos el recorrido marcado en mi plano y verás que el camino es cuesta arriba al final. La salida está en la zona más alta de este cubo gigante. Llegaremos al exterior entre las altas montañas. A pocos kilómetros entre las montañas hay otro portal que da a la cúpula de Tolin. Ese es nuestro próximo destino. Tolin nos ayudará en nuestro viaje. Es un tipo terco pero sabio, lo conozco bien. Por ahora lo más importante es salir de aquí con vida.
    Me cuenta que ha pasado demasiados años de su vida entrando y saliendo de este lugar. Desde que llegó aquí y decidió convertirse en guía, su vida se ha desarrollado entre el desierto, la catedral, el laberinto y los destinos que ha encontrado y marcado en su mapa.
    Puedo observar que también hay catacumbas en el interior del laberinto. El me explica que son usadas para dejar los cuerpos de quienes mueren perdidos. Cada tantos pasillos hay una sala con restos de los viajeros que no logran completar su travesía. Al parecer, al laberinto no le interesan los cadáveres. Sólo drenar la energía de los cuerpos cuando están aún con vida.
    Me contó que dejar marcas o señales no sirve de nada. Estas desaparecen de manera irremediable. El ha probado todo lo que se le ha ocurrido por largos años. Así logró dar con algunos senderos a algunas pocas salidas. Pero me confesó que el mapa no es una garantía de éxito porque, como ya me explicó, el laberinto se encuentra en constante expansión. Los pasillos en su interior pueden mutar, alargarse o desaparecer.
    Durante nuestro recorrido vemos otros viajeros recorriendo los intrincados túneles. Árcapas me dice que debemos pasar inadvertidos. Oculta el plano bajo su saco para que nadie pueda verlo. Evitando generar una tentación para algún curioso desesperado.
    Algunos paran en cada recodo del camino pensativos, dudando su siguiente paso. Ignorando por completo los caminos a las salidas. Otros corren desesperados presos de una obsesión por seguir sin parar hasta caer rendidos por el cansancio. O perecer por el hambre y la sed entre los senderos que suben y bajan. A algunos los encontramos golpeando sus cabezas contra las duras paredes. Sollozando y suplicando poder escapar de la pesadilla. Perdiendo por completo la cordura y la esperanza.
    Pero los peores son los que ya han sido atrapados. Esos que han aceptado al laberinto como su única realidad. Se balancean en los oscuros rincones de los pasajes sin salida. Tomados de sus rodillas. Balbuceando con espuma en sus bocas, con una sonrisa enferma y la mirada perdida en sus expresiones. Son los que ya no pueden reconocer la realidad que los rodea. Han sido atrapados dentro de estos muros donde se puede perder todo. El tiempo, la cordura, la esperanza y la vida.
    —Esos seres estaban de paso como nosotros, buscando su destino hacia alguna de las salidas. Pero los que quedan atrapados no pueden ver ya más allá de sus narices. Por más que les mostraras la salida frente a ellos, ya no la cruzarían.
    —No veo que otros viajeros lleven un guía. ¿Eres acaso el único que viene por aquí?
    —Nos es común que los guías, como yo, se aventuren por aquí. Prefieren evitar los destinos que obligan a pasar por el laberinto. Yo tuve el mismo miedo por demasiado tiempo, hasta que me cansé y me enfrenté.
Su voz cambia y con algo de furia dice:
    —Odio al gigante, pero odio más el temerle.
    Lo sigo con prisa por horas, por los pasadizos, encrucijadas y escaleras. Pasando por pasillos de todos los tamaños, algunos anchos y altos como un gran salón, otros tan pequeños que debemos atravesarlos de rodillas. En un momento todo es en subida por oscuras y empinadas escaleras. Ya no vemos otros viajeros en estas alturas del laberinto. La mayoría tiende a ir hacia abajo mientras nosotros subimos.
    Hasta que veo lo imposible. A cierta distancia frente a nosotros, en un pasillo que da a una escalera hacia arriba, hay un viajero atrapado en sus pasos. Generando un  movimiento que se repite sin fin. Todo dentro de ese único pasillo. Tal como me lo contó Árcapas. Es un ser atrapado creyendo que sigue avanzando cuando en verdad está yendo y viniendo en el mismo lugar.
    —Eso nos avisa de que estamos cerca de la salida. Respira profundo y corre tras de mi por el pasillo y sube la escalera sin mirar atrás. El laberinto tiene la atención en el viajero atrapado. Eso nos puede ayudar a escapar.
    Siento una gran repulsión a hacer eso. El lo percibe, me mira directo a los ojos y me dice:
    —Sé que no es agradable Eden. Pero ya no podemos ayudarlo, está atrapado sin remedio, créeme. Debemos avanzar para no terminar igual.
    Corro tan rápido como puedo tras de Árcapas que se mueve delante mío como una gacela. Al pasar al costado del viajero atrapado me odio por escapar sin hacer nada para ayudarlo. Hasta que al fin cruzamos un gran portal de piedra igual al de la entrada. El que marca el final del mundo del laberinto. Da al exterior en la ladera de la montaña. 
    Un manto de blanca nieve cubre las montañas a nuestro alrededor. Árcapas despliega y vuelve a plegar el mapa para ver otro sector de nuestro recorrido. Vuelva a caminar apoyando siempre su báculo delante en el piso blanquecino, comprobando que el camino se pueda transitar. Lo sigo en silencio a nuestro próximo destino. Mientras, la nieve cae y nos tiñe del mismo blanco del paisaje a nuestro alrededor. Camino detrás de él masticando rabia y remordimiento.