El Imaginarium de Walter Solar - Capítulo IV







Recorremos un paso entre las montañas nevadas a gran altura. Sigo detrás de Árcapas que camina con el mapa en una mano y su báculo en la otra. Bordeamos las laderas de varias elevaciones, avanzando de forma lenta sobre la nieve que no tiene mucha profundidad por el momento y nos deja caminar sin problemas. Hasta que llegamos a otro gran portal de piedra iluminado con viejas lámparas de aceite.
    Entramos en un angosto y alto túnel dentro de la montaña. Avanzamos sin detenernos dentro de la oscuridad que nos atrapa y nos cubre por completo. No tenemos antorchas, ni forma de iluminarnos aquí. No logro verlo, apenas  escucho el áspero sonido de nuestras botas sobre la nieve. También el zumbido del viento que se arremolina dentro del alto pasillo. 
    Estamos dentro de otro pasaje, otra montaña, otro camino que no se a donde lleva. Tampoco quise preguntarle. Sigo frustrado y confundido, por no haber intentado hacer algo, para salvar al pobre viajero encerrado en la trampa de tiempo.
    Caminamos sin hablar, sólo escuchando las pisadas, el viento y algunas gotas que caen al piso. Gotas que caen de finos hilos de agua que adivino en las paredes de roca. Delante aparece una pequeña luz que ahora nos guía. Con el tiempo la luz aumenta de tamaño. Seguro es la salida de este pasaje y quizás la llegada a mi último destino.
    Al pensar en mi destino me doy cuenta de que estoy en la búsqueda de algo que no conozco, no puedo imaginar que es lo que me espera al final del camino. Árcapas me habló de buscar respuestas. Y aquí estoy siguiéndolo en medio de la oscuridad, en busca de esas respuestas. Sin idea alguna, de que es lo que me deparan.
    Mi intuición me hace sentir que he estado bagando durante largo tiempo antes de llegar al desierto. Como deambulando perdido por el espacio y el tiempo. Sin saber nada, sin conocerme, siendo un completo extraño para mí. Pasando de día en día, de lugar en lugar, sin  saber a donde me dirijo. Sin saber quien será ese, que me encontraré en algún momento, del otro lado del espejo. Sin saber si le conoceré, o si será un completo desconocido.
    Me veo parado ante múltiples senderos que se aparecen ante mis pasos, y todos parecieran ser el camino correcto. Pero siento que no puedo elegir ninguno. Hasta que, ante mi indecisión, todos los caminos desaparecen y yo me quedo solo. Siento algo difícil de explicar, una certeza a medias, un saber y no saber, que me provoca un vacío en la boca del estómago.
    Mi intuición me susurra al oído palabras que no deseo escuchar.  Palabras que me desesperarían aún más. Me harían sentir más perdido de lo que ya estoy. Porque sé bien que estoy perdido dentro de esta encrucijada, entre caminos perdidos que se cruzan unos a otros. Y siguen por siempre hasta que parecen perderse en el lejano horizonte.
    Mientras camino a oscuras, lucho por no prestarles atención. Esas palabras me arrebatarían lo poco que tengo, mi única esperanza en esta búsqueda. Sólo abrirían un abismo ante mis pasos,  en el que se terminarían todos los caminos posibles. Caminando en medio de la oscuridad de este frió túnel, siento que la incertidumbre me atrapa y me consume. Me oprime el pecho y se me dificulta respirar. Caigo arrodillado en el piso húmedo. Me quedo inmóvil, un frío extremo me hiela la sangre. Aunque no es el frío de la montaña, es uno que proviene de mi propio corazón.
    —¿Estás bien Eden?
    Árcapas se dio vuelta buscándome, al no poder verme volvió hacia atrás esperando escuchar mi respiración. Sin dudas la escucha, porque estoy muy alterado. Al menos no verá mi expresión en medio de la oscuridad.
    —Dame un momento por favor. Ya no puedo avanzar, hace horas que caminamos sin parar y tengo demasiado frío.
    —Pues entonces con más razón debemos seguir adelante. Debes caminar para no morir de frío. No nos queda más que continuar y caminar para mantenernos calientes. Cuando salgamos de este túnel descansaremos y comeremos algo.
Siento su mano sobre mi brazo derecho en la oscuridad. Me ayuda a levantarme y me impulsa a caminar.
    —Ten mi báculo, lo necesitas más que yo. Te ayudaré a caminar el tramo que nos queda hasta la salida. Vamos, sigamos.
    Me entrega su báculo, me apoyo en él con mi brazo derecho como sobre una muleta, depositando parte del peso de mi cuerpo. Seguimos caminando uno al lado del otro. Mientras la luz en el túnel, delante de nosotros, se ve más grande a cada minuto. Sigo sintiendo esa incertidumbre que me dificulta respirar, pero al acercarme a la luz se va disipando de a poco. Me doy cuenta de que debo seguir avanzando e ingresar en lo desconocido. Perder el miedo y seguir el camino aunque ignore donde me lleva. Pues no tengo otra opción.

    Por fin llegamos al termino del recorrido bajo la montaña. En el final del túnel alcanzamos la luz. Luego de un rato de caminar dentro de esta nuestros ojos se acostumbran y puedo ver el escenario que nos rodea. Veo detrás nuestro, una vez más, otro gran portal de piedra con lámparas a cada lado. Estamos ahora dentro de una gran sala que parece no tener fin. Caminamos entre altas columnas blancas, ubicadas formando un patrón cuadriculado perfecto.
    Al mirar hacia arriba curvando por completo nuestros cuellos, vemos a una altura increíble, infinidad de enormes techos abovedados y cúpulas de todos los tamaños y estilos. Decoradas con pinturas, que terminan pareciendo patrones de formas y colores a la distancia. Es una enorme sala sembrada de infinitas columnas que se extienden hasta donde da la vista. Todo iluminado por la luz que parece llegar de mil soles en el cielo, a través de las aberturas que hay en los techos y cúpulas.
    Me doy cuenta de que no hay paredes a la vista. Al mirar una vez más al portal por el que acamamos de pasar veo que se encuentra entre dos columnas. Dentro de él veo todavía el oscuro túnel que acabamos de cruzar, aunque no están las laderas de la montaña a su alrededor.
    Rodeo el portal curioso por lo que veré detrás. Para mi sorpresa, al rodearlo, puedo ver a través de él. Veo a Árcapas que está al otro lado. Le hago señas pero él no puede verme porque esta viendo la oscuridad del túnel que comunica a ese otro mundo que acabamos de abandonar. Al fin entiendo como funcionan estos portales de piedra que nos están llevando de realidad en realidad. Árcapas se me acerca y mirando el mismo espacio vacío que yo me dice.
    —Veo que estás comenzando a entender como funcionan los portales.
    —Ahora si creo entenderlo. Cuando me los mencionaste por primera vez, no presté mucha atención a tus palabras. Creí que estabas exagerando.
    —Entiendo que un hombre necesite ver para creer. Aunque ahora puedes ver que estaba diciendo la verdad cuando mencioné que existen portales, que llevan a sitios lejanos y a otros mundos.
    —Así es. Perdóname por no creerte.
    —No te preocupes. Porque si hubo algo en lo que no fui sincero contigo.
    —¿De qué hablas?
    —La mañana que te encontré dentro de la catedral te mentí. Yo no volvía de cacería. Te había visto en el desierto y te seguí de lejos hasta que llegaste a la catedral.
    Al escuchar  esto recordé la presencia que creí sentir en el desierto. Esa amenaza que nunca me crucé. Quizás era él entonces.
    —¿Por qué me mentiste?
No sabía que intenciones tenías y necesitaba asegurarme de quien eras.
    —Entiendo.
    —Creo que va siendo hora de que ambos nos tengamos mutua confianza. Quiero servirte de guía y ayudarte a llegar a tu destino. Como lo hicieron conmigo cuando llegué aquí.
    —Quieres decir que tú también fuiste un viajero perdido.
    —Así fue. Pero no sigo aquí porque no me hayan guiado bien. Quedé tan impresionado con lo que hacia mí guía que yo mismo me convertí en uno. Después terminé enamorándome de estos lugares, la catedral, las montañas, los portales y otros lugares que tú no conoces todavía. Y ya nunca pude abandonarlos. Pero dejemos de hablar y caminemos. Debemos llegar a la cúpula de Tolin. Ya te dije que él nos ayudará.
    Abandonamos el portal de piedra y caminamos siguiendo el recorrido marcado en el mapa de Árcapas. Después de un rato paramos para descansar y comer como me prometió. Tenemos las carnes y frutas secas que Árcapas trajo en su mochila. Al terminar de comer continuamos caminando bajos los techos cupulares.
    En un momento llegamos a un sector donde no hay luz del exterior. Las cúpulas en este sector no tienen ventanas y todo es oscuridad otra vez. Luego de un rato de caminar de la misma manera que en el túnel bajo al montaña, veo a lo lejos un sector iluminado. Donde las columnas cambian su patrón cuadriculado. Al acercarnos veo que allí estas forman un amplio círculo. Una al lado de la otra rodeando por completo la base de una alta e iluminada cúpula.
    Dentro del gran círculo hay grandes estanterías llenas de libros que lo rodean por completo. Como si de un largo y alto muro circular, formado de libros en vez de ladrillos, se tratará. Bajo la cúpula es todo luz que llega desde una abertura en su centro. Caminamos rodeando el alto muro circular  de estanterías. Altas, interminables y colmadas de antiguos libros, con lomos de cuero viejo, agrietado y polvoriento. Vemos una entrada e intentamos llegar a su interior.
    Ya dentro, en lo que parece el centro de una biblioteca circular, hay un mostrador de forma circular, de oscura madera gastada y rasguñada por el tiempo.  Desde abajo de el mostrador aparece un  anciano de diminuta estatura. De larga nariz y barba blanca. Con cabeza calva y grandes orejas. Pequeños lentes redondos que cubren unos ojos de expresión desconfiada y recelosa. Parece que está subiendo una especia de alto banco para llegar a la altura del mostrador y poder vernos. Al subir lo vemos vestido con un pequeño traje oscuro y cubierto del mismo polvo de los libros.
    —Nuevos visitantes. Yo digo.
    —Dice con alegría y un acento extraño. Se nota que no está hablando en su lengua materna.
    —Acaso ya te has olvidado de mí Tolin— Dice Árcapas levantando la voz.
    El pequeño anciano se ajusta los lentes y entrecierra sus ojos mientras mira fijo a Árcapas.
    —Pero si eres mi querido amigo Árcapas. Perdóname por no recordarte, hace demasiado tiempo que no me visitas. Yo digo. 
    —Tienes razón y lo lamento. Mis asuntos no me han traído por estos rincones desde hace tiempo. Estoy guiando a este viajero y necesitamos información de la biblioteca.
    —Y como se llama este viajero si puedo preguntar. Yo digo. 
    —Mi nombre es Eden. Es un gusto Tolin.
    —Eden, no se si Árcapas te lo ha contado. Yo soy  el guardián de la “Cúpula del saber”. Así llamaron sus creadores a este sagrado lugar de búsqueda de respuestas, milenios atrás en el tiempo. Yo digo.   
    —Sólo puedo decirte que estoy perdido aquí y me vendría muy bien toda la información que puedas darme.
    Parado en su alto banco apoya ambas manos sobre el mostrador y me  mira con seriedad. Clava su mirada en mí por un rato, sin que yo aparte tampoco mi mirada. Mientras, espero que de una respuesta afirmativa.
    —Puedo ver que no estás mintiendo, así que te ayudaré. Yo digo.
    Siento alivio y le sonrió. El abandona su rostro serio y me devuelve una sutil sonrisa. De manera rápida baja de su banco y se pierde bajo el mostrador. Después de un rato sube con esfuerzo levantando un enorme tomo de grandes dimensiones. Abre el libro sobre el mostrador en las primeras hojas y sopla el polvo sobre sus páginas. Pasa su dedo por lo que parece un indice y me dice.
    —Puedo ver en el libro de ingresos de la biblioteca que no esperábamos a un Eden el día de hoy. ¿Tienes acaso, otro nombre viajero? ¿Yo digo?
    El pequeño bibliotecario me había atrapado. ¿Qué le diría ahora?
    —Aunque...puedo ver que sí esperábamos a un viajero, y el libro de ingresos no dice cual es su nombre. Tú eres un viajero y si está escrito en el libro de ingresos así se hará. Yo digo.   
    El suspenso duró poco y estoy a salvo otra vez.
    —Deben ir al portal de entrada. Espero que recuerdes como ingresar a la biblioteca Árcapas. Yo digo. 
    —¿No es esta la biblioteca? —Le pregunto.
    El pequeño larga una larga carcajada afónica y seca.
    —Viajero, esta cúpula es sólo el hall de entrada, donde habitan algunos volúmenes de consulta. Debes volver por donde viniste y atravesar el portal de entrada, si quieres llegar a la gran sala de la biblioteca. Este se encuentra en medio de la oscuridad, fuera de esta cúpula. Yo digo. 
    —Pero si recién pasamos por la oscuridad más allá de las columnas y no había ningún portal. ¿La biblioteca es acaso más grande que este lugar?
    —Bastante más grande viajero . Yo digo. 
    Sus ojos se agrandan y parecen dos grandes huevos fuera de sus órbitas, mientras menciona esto con una sonrisa. 
    —Ven sígueme. Yo digo.
    Sigo al anciano fuera de la cúpula iluminada con Árcapas que nos acompaña unos pasos atrás. Atravesamos las columnas circulares y recorremos unos metros en la oscuridad. Llegamos hasta un lugar donde se encuentra un portal de piedra con sus dos lámparas. No lo había visto al llegar. Aunque este portal es distinto a todos los demás. Las piedras que lo forman están llenas de grabados, que parecen letras de un lenguaje que no llego a reconocer.
    —Si deseas conocer la biblioteca deberás bajar una gran cantidad de escalones atravesando este portal. Yo digo.
    Parece que nuestra travesía esta bastante más lejos de terminar de lo que yo me esperaba. Miro hacia atrás a Árcapas con incertidumbre, pero él me devuelve una mirada seria y confiada.