La gran sala blanca








Te despiertas aturdido, sigues en parte en el sueño, hasta que entiendes que este se ha terminado. Sin recordar dónde estás, ni saber bien que soñaste, te ves en una gran sala blanca. Te despertó una camilla entrando por la puerta principal, empujada a toda velocidad, chocando con las puertas que se abren al pasar. Hay una persona mayor, dormida o inconsciente en ella, un respirador en su cara y tubos en sus brazos. Llega una ráfaga de pensamientos y recuerdas que en el sueño estabas caminando. 
      La medicación ha perdido su efecto. Te has pasado todo el día sin tomarla. Tienes recuerdos de este lugar. Sabes que estás allí hace tiempo, pero no cuánto. No deseas recordar el porqué estás allí, eso sólo te produciría dolor. El que sientes ante cada recuerdo. Algo que te desgarra de manera lenta y que consume todas tus fuerzas.  
      Llega el hambre y te diriges a la máquina expendedora en busca de algo que comer. Eso te dice que llevas largo rato en la sala. Sólo el hambre y el sueño te alertan del tiempo que pasa. Te levantas medio tieso por la inactividad y la mala postura. Llega otra ráfaga de pensamientos. Esta es más fuerte y te aturde, como mil agujas que se clavan en tu cerebro. Recuerdas que en el sueño avanzabas entre penumbras.  
      Estás solo ahora. El efecto de las drogas se ha acabado. Sólo tú y tu mente rota. Odias esas ráfagas y sabes que se pondrá peor, siempre se pone peor. Apenas tienes un billete perdido en el bolsillo de la bata. Al menos puedes sacar una bolsa de papas fritas de la máquina. En un tiempo te cuidabas de no comer nada de eso. Ahora, ya no te importa. La abres y devoras de la primera a la última. La boca te queda salada y pastosa. Necesitarías tomar algo, te da sed.
      Caminas por un pasillo. Lo conoces bien, crees haber recorrido cada uno, cada sala, cada rincón. Pero donde pasas más tiempo es en esa sala blanca. La más cercana a la salida. Junto al guardia de seguridad en su garita. Con sus monitores, su radio y su uniforme. Las ráfagas ya son insoportables. Innumerables pensamientos que se agolpan. Luchas para evitarlo. Pero la ansiedad te acosa. Caminabas sobre ramas que crujían, logras recordar algo más de ese sueño.
      Sigues por el largo pasillo con olor a medicación, sin ver a nadie durante todo el camino. Las luces blancas lastiman tus ojos. Es tarde pero no tienes reloj, ni teléfono móvil encima. Piensas que ya deben ser más de las doce de la noche, pero no lo sabes. La hora de las brujas ya ha pasado, y sigues caminando con sed y sabor a papas fritas en la boca.  
      Llegas a la escalera. Te aseguras, como siempre, de que nadie te vea entrar o salir del piso. Esto te traería muchos problemas, ya lo sabes. Sólo temes quedarte sin acceso a los libros. Eso es lo único que te importa en este lugar. Además de visitar la sala cada vez que logras escaparte. Ahora la ansiedad te ha dominado por completo. Caminas con lentitud mientras comienzas a temblar. De a poco la angustia te ahoga y se hace insoportable. El sonido de grillos en la noche, te llega otro recuerdo del sueño. 
      El temor de que no te permitan el acceso a los libros te comienza a preocupar, como si tu vida dependiera de eso. Sabes que los necesitas. No puedes vivir sin ellos. Nadie va a quitártelos. No puedes permitirte un día sin ellos. Llegas a tu habitación y giras el picaporte con las manos temblando. La habitación que compartes, donde tu compañero duerme despreocupado. Tu estás desecho, buscas desesperado las pastillas. En el cajón de tu ropa, allí tienes algunas guardadas de dosis no tomadas. Las tragas rapido y tomas agua de un vaso. Te tiras en la cama agotado y deseas que te hagan efecto de inmediato. Pero no es así, este se hace esperar.  
      Te sientes muy alterado como para dormir. Los pensamientos te torturan. Están por todos lados. Pero uno sobresale sobre el resto. Es una pregunta que nunca te has hecho. No lo habías pensado hasta ahora. La sala blanca es lo único que te tranquiliza, además de la medicación. Por eso vas a visitarla tan a menudo. Sientes vergüenza en el mismo instante en que percibes la razón. Ver esas personas lastimadas, heridas, dañadas, es perturbador. Sin embargo, por más que sea desagradable, es en el único momento en que logras dejar de pensar. Tu mente se concentra en eso y te suelta. Por un breve instante eres libre. Ese es el precio por un rato de libertad. Sufres, pero no tanto como cuando tu mente te atormenta. Te duele pensar en ello, el sentir sus miserias tan de cerca. Te esfuerzas por no llorar, sin poder evitarlo. Te aferras a tus rodillas y te balanceas. Algo más llega desde el sueño, sentías el olor de la pinocha en el aire.  
      Luego de un largo rato ya estás desahogado y te calmas. Las ráfagas se debilitan. Está haciendo efecto la medicina. Miras el techo y respiras profundo para calmarte. Agarras el libro de tu mesa de luz y te pones a leer. Eso te ayuda a calmarte más rápido. Llevas varias páginas leídas cuando llega el sueño. Quieres seguir leyendo y peleas. Los ojos se cierran. Los abres con esfuerzo. Te estás durmiendo y de repente... ¡Lo recuerdas! ¡En el sueño!...estabas en el bosque que solías visitar durante los veranos de tu infancia. Lo habías olvidado hace tiempo. Has recuperado uno de los momentos perdidos de tu vida.





Damián G. Furfuro