Sobre las nubes




Deneb se despertó con la habitación a oscuras. La gran pantalla en la pared muerta. Todas las luces y comandos de los sistemas al alcance de su vista apagados. Nunca había visto esa clase de oscuridad en su cuarto. Desde que tenía memoria todos los sistemas de suministro de oxígeno, alimento, temperatura, información, entretenimiento, limpieza e higiene dentro de su habitación eran permanentes, sin interrupción, supervisados a escala global por el Sistema de Sistemas. Ese al que llamaban Retícula. Lo que hacía casi imposible que un simple sistema se desconectara y quedara muerto, sin vida artificial.
     Nadie dentro de los grandes edificios sabía qué era la Retícula, ni cómo funcionaba. Esta red controlaba día a día la vida de miles de millones de personas alrededor del globo. Esto no era algo de lo que ellos hablaran, parecía ser un saber perdido ante la indiferencia reinante desde hacía siglos. Al igual que el resto, él vivía su vida en su pequeño hábitat personal del año mil de la nueva era. Esa cantidad de años habían pasado desde el inicio del "Mundo Unificado", desde la creación de la mayor y más perfecta inteligencia artificial de todos los tiempos.
     Ese mismo día en que despertó con su cuarto a oscuras, era el primer día del nuevo milenio. Ayer había terminado el año novecientos noventa y nueve, y hoy comenzaba el año mil desde la unificación total del planeta Tierra. Nadie sabía con exactitud en qué año había terminado la era anterior. Deneb lo había pensado y se lo había preguntado innumerables veces, pero nunca había logrado averiguarlo.
     Vivía dentro de un edificio que tenía varios cientos de pisos, aunque le era imposible saber la cantidad de pisos o metros que lo separaban de tierra firme. Su elevador sólo comunicaba con unos pocos pisos superiores o inferiores dentro de su sector de actividad, donde podía visitar los centros autorizados para él  y sus vecinos.
     Todo lo que necesitaba para vivir estaba en las alacenas y estantes de su morada, donde todo aparecía de forma automática. Desde la primera comida de la mañana, hasta la última de la noche. No debía obtener nada por su cuenta. No conocía el concepto de comprar, de propiedad o el manejo de dinero. Todo eso era parte del pasado.
     Los centros autorizados eran grandes salas donde podían comer, interactuar, realizar actividad artística o practicar ejercicio. Donde podían caminar por largos pasillos llenos de enormes pantallas educativas. En las que se podían observar imágenes tan nítidas que parecían ventanas. Ciencia, historia, la naturaleza en todo su expendedor. Ver otra época cuando el mundo respiraba y exhalaba vida, oscuras junglas, las profundidades de los mares, altas montañas rodeadas por nubes y otros tantos escenarios.
     Pero él nunca había visto nada de eso en el mundo real, sólo las nubes a través de su ventana. Sabía que esas nubes eran reales, y las de las pantallas no. Podía notar la diferencia. Una diferencia de la que no se hablaba dentro del edificio. Para la mayoría mirar el mundo de las pantallas era mirar el mundo real, pero no para él. El hecho de tener esas imágenes de un supuesto mundo exterior presentes todo el tiempo hacía que se lo diera por sentado, aún sin saber con certeza si ese mundo seguía existiendo allí afuera o no. Eso nadie lo sabía, quizás lo supiera la Retícula, pero no los habitantes en los edificios cilíndricos.
     En su cuarto tenía vista sobre las nubes del planeta, si elegía verla. Era poco común que los habitantes de esos edificios desearan hacerlo. La mayoría dejaba que las pantallas sobre las ventanas emitieran el material elegido por la Retícula. La cantidad de imágenes y vídeos parecía ser infinita, se generaban contenidos en tiempo real, en base a datos obtenidos de los habitantes, de sus actividades y gustos. Sin embargo, él necesitaba cada tanto apagar la pantalla trasparente y poder ver por esa enorme ventana hermética, que cubría toda una pared de su habitación. Interminables plantaciones de cilindros gigantes que sobresalían sobre las nubes. Su lugar favorito era un sector, en el cual no había edificios, donde a veces las nubes se arremolinaban y formaban lo que parecían olas o montañas de vapor.
     Nunca en su vida había estado fuera del edificio. Ni en contacto con el aire libre del exterior. Ni tocado una planta, un animal o una flor. No sabía de la naturaleza más que lo que podía ver en las pantallas. Desde niño lo habían educado para pensar que el hombre no estaba preparado para vivir entre la naturaleza. Se sabía que en la era pasada la humanidad abusó tanto de ella que estuvo a punto de destruirla. Cuando todo estuvo en ruinas fue cuando se creó la Retícula para que decidiera y pensara por los hombres. Esta decidió que debía aislarse a los hombres del mundo, al menos hasta que este pudiera recuperarse, si esto fuera aún posible. Para ello, la Retícula creó androides que construyeron los edificios donde ahora habitaba toda la raza humana alrededor del orbe.
     Supo que el mundo no siempre había sido gobernado por sistemas de algoritmos. Sabía que en el pasado el hombre había vivido por sus propios medios entre la naturaleza, pero también rodeado por su violencia, corrupción, abusos y muerte sin fin. Fue educado para entender esa lógica, para entender que todo debió ser cambiado para el bien de la humanidad. Pero cuando estaba solo en su cuarto y pensaba en ello no podía evitar sentir que algo se había perdido entre esos acontecimientos de la historia, aunque no encontrara la palabra para nombrarlo.
     Pero esa madrugada en que se despertó con la habitación todavía a oscuras escuchó el correr de un gran grupo de personas. Se acercó a la puerta y escuchó voces exaltadas. Abrió la puerta y entre la oscuridad pudo ver varios jóvenes de su edad que corrían uno tras otros vestidos con ropa brillante de colores encendidos e iluminados por linternas. Con cascos y grandes lentes oscuros que ocultaban sus caras. Con mochilas en sus espaldas, guantes en sus manos y grandes botas en sus pies.
Uno lo vio asomarse y le dijo:
     —¿Qué esperas? Si no vienes con nosotros te perderás la salida.
     —Pero ¿Qué salida? —Preguntó Deneb desorientado.
     —La Retícula experimenta una falla momentánea por una actualización para el nuevo milenio. Así que podemos ir a la terraza que siempre se mantiene cerrada y salir fuera. Ver el mundo real con nuestros propios ojos sin necesidad de las pantallas.
     En ese lapso de tiempo en que escuchaba a su vecino algo pasó por su mente. Nunca lo había pensado antes, pero deseaba eso con todo su ser, quería salir fuera, sentir el viento y el sol en su cara. Experimentar eso que sólo podía ver por su ventana, eso de lo cual lo separaba un simple cristal.
     —¿Qué piensas hacer? No hay mucho tiempo. Si vienes debes ponerte tu traje para salir al exterior. Busca bajo tu cama, en un maletín que dice “USAR SÓLO EN CASO DE FALLA DEL HÁBITAT”. Cámbiate y corre al final del pasillo, hacia esa puerta que siempre está cerrada, veras que hoy se encuentra abierta, sube a la azotea y nos verás allí.
     El extraño lo saludó y desapareció por la puerta al final del pasillo. Esa que siempre estuvo cerrada y estaría abierta sólo por un momento de duración incierta. Debía pensar y actuar con rapidez. Cosa a la que no estaba acostumbrado dentro de su simple y adormecida rutina diaria. Pero lo hizo y corrió como un rayo en busca de ese maletín. Mientras se acercaba a su cama temió que el maletín no estuviera, que nunca hubiera existido, temía que todo lo escuchado fuera una mentira. Algo le hacía pensar en no creer posible algo que nunca había visto con sus propios ojos.
     Metió el brazo bajo su cama y tanteo sin encontrar nada, luego miró debajo y logró ver una sombra entre la oscuridad en el otro extremo de la cama contra la pared. Metió medio cuerpo hasta lograr llegar a la sombra. Se hizo del objeto y lo sacó con gran trabajo de allí, para poder verlo con la luz del alba que comenzaba a iluminar su ventana. Era un maletín polvoriento, le pasó la mano por encima para limpiarlo y pudo ver la inscripción “USAR SÓLO EN CASO DE FALLA DEL HÁBITAT”.
     Acto seguido lo abrió, sacó todos los elementos, se desvistió  y se puso las brillantes vestiduras que sacó del maletín. Junto a la mochila, el casco, los grandes lentes oscuros y las botas. Sacó una linterna de uno de los bolsillos y corrió por el pasillo hasta la puerta abierta y se sintió invitado a un ritual secreto, como los que había escuchado nombrar en los vídeos de las pantallas, esos que se celebraban en la antigüedad.
     Pasando la puerta se encontró con unas angostas escaleras que nunca había visto en toda su vida viviendo en ese edificio. Se abrió paso con la linterna y subió escalón tras escalón, piso tras piso hasta llegar a la iluminada abertura que daba a la azotea. No lo supo pero subió 23 pisos sin parar.
     Al atravesar la puerta que llevaba a la azotea pudo ver el sol aparecer sobre el manto de nubes. Se sintió nacer otra vez entre el viento de las grandes alturas que lo arrastraba. Se quedó un rato sujeto al marco bajo el dintel de la puerta. Experimentando esa sensación de estar fuera por primera vez en su vida hasta que esta se cerró con estrépito y lo empujó fuera. Se sujetó fuerte de una de las barandas y mirando alrededor se vio entre nubes.
     En la azotea estaban reunidos un gran grupo de seres vestidos igual que él. Se sintió parte de algo más grande que el mismo. Debió sujetarse con fuerza de las barandas que rodeaban la azotea porque el viento furioso lo podría tirar al vació sin mucho esfuerzo. Sujeto a la baranda se acercó cada vez más al grupo que gritaba y saltaba coreando palabras que él no llegaba a identificar.
     Al estar ya al lado del grupo se encontró con el extraño que le dijo que hacer y cómo llegar allí. El extraño se mostró contento de verlo. Sólo pudo ver su boca bajo el casco y los lentes, pero una mueca fue suficiente para saberlo. Entre el ensordecedor viento de esas grandes alturas el extraño gritó para hacerse escuchar:
     —Mi nombre es Altair. ¿Cómo te llamas?
     —Deneb.
     —Mucho gusto Deneb. Bienvenido al mundo real. ¿Estás listo?
     —¿Listo para qué?
    —Pasa saltar, por su puesto, para eso es todo esto, las ropas, el paracaídas, todo es para saltar.
     —¿Qué paracaídas?
     —Esa mochila que tienes sujeta a la espalda. Déjame ayudarte a sujetarla bien, veo que no has enganchado las sujeciones delanteras, podrías perderla en la caída y...
     —Pero yo no quiero saltar. Sólo vine a ver de qué se trata todo esto. Con estar respirando este aire y sintiendo el sol en mi cara es suficiente. ¿Para qué saltar?
     Altair se quedó mirándolo un instante y luego volvió a gritar, pero esta vez con otra voz, una con mayor autoridad:
     —Todos los que estamos aquí esperábamos este día con ansiedad, lo creíamos poco probable, casi imposible, pero al fin la Retícula falló y aquí estamos al fin. Vamos a saltar para aprovechar esta oportunidad única. Para recuperar algo que es nuestro. Algo que se nos arrebató desde que nacimos entre máquinas y algoritmos. Porque no basta con sobrevivir resguardados dentro de estos enormes edificios que nos aíslan del mundo. Un mundo que apenas conocemos por las imágenes de las pantallas. Deberíamos saltar para conocer el verdadero mundo que nos pertenece y al que hemos abandonado hace más de mil años. Esta será una experiencia que quizás nunca tendremos la oportunidad de repetir.
     Tomó aire y prosiguió:
     —Te hablo de algo que nadie te regala, tu debes tomarlo y hacerlo tuyo. Y la única manera de lograrlo aquí es saltar de este edificio en este mismo momento.
Luego de decir eso Altair le dio un apretón de manos y le dijo:
     —Esto no es algo que te deban forzar a buscar. Tu mismo debes querer ir por ello. Te deseo lo  mejor, tanto si te quedas o si saltas. Si te quedas puedes volver a tu hábitat, esperar a que el sistema se reinicie y todo volverá a ser como antes. Si eliges saltar te juro que te estaré esperando abajo sea lo que sea que allí encontremos.
     —¡Pero no sé hay abajo! ¿Con qué nos encontraremos?
     —Eso no puedo decírtelo. No sabemos que hay bajo las nubes más allá de cientos de metros de caída libre. Existen muchas leyendas, algunas que hablan de tribus que viven en la superficie del planeta  plantando y cosechando sus alimentos. Otras de que todo allá abajo es un gran desierto sin ninguna vida en él. Sólo nos queda arriesgarnos y tirar una moneda al aire.
     —Entiendo pero... ¿Qué es una moneda? Sentí hablar de ellas pero nunca pude ver una.
     Altair le sonrió y buscó en sus bolsillos y sacó una moneda plateada que le entregó a Deneb.
     —Esto puedes usarlo para decidir la suerte, eligiendo una de la dos caras y lanzandola al aire para ver que cara queda sobre tu palma al caer.
     Le mostró cómo hacerlo y luchó para que el viento no se la llevara.
     —Puede ayudarte a descubrir qué es lo que quieres. Debo irme, en un rato ya será tarde. Buena suerte amigo y hasta siempre.
Luego de decir esto Altair se acercó al grupo que se preparaba a saltar por sobre las barandas al vacío. Deneb se quedó sin palabras y sin saber qué hacer. Vio como se tiraban entre gritos uno a uno  los miembros del equipo. Cada vez que uno se tiraba el resto festejaba, uno a uno desaparecieron en el profundo manto blanco. Hasta que ya no hubo más gritos y él se quedó solo con el viento.
     No sabía nada, sólo que debía tomar una decisión en ese momento. Mientras apretaba la plateada moneda con su mano izquierda las palabras de Altair sonaban fuerte en su cabeza. Pensaba que todo parecía centrarse en dejarse llevar por la simple y sutil curiosidad por vivir una  nueva experiencia.
     Deneb se guardó la moneda en uno de sus bolsillos y se acercó a la baranda. Se paró sobre ella, miró los grandes edificios que sobresalían sobre las nubes, cerró los ojos y se dejó caer.



Damián G. Furfuro