Me vi sonriendo



Anoche soñé. En sueños volvía a ser un niño corriendo entre colinas sobre una hermosa pradera. Corría con el viento en mi rostro, la nariz fría y los ojos llorosos. Corría como hace mucho tiempo no lo hago. Sin escapar de nada y sin esperar llegar a ningún lado. Había otra vez alegría en mi rostro. Me vi sonriendo, libre en el viento.
    Sólo yo y las colinas. Bajo el cielo gris y cargado justo antes de llover. El cielo que más me gustaba de niño, el que más esperaba y disfrutaba. Cuando los truenos amenazan y la lluvia es inminente. Pero no corría como lo hago ahora de adulto para escapar de la lluvia. Corría a alcanzarla. Quería que me acompañe, que corra conmigo y que todo lo moje.
    Entre el césped, la lluvia y el viento, experimenté una sensación extraña. Algo que sentía me llenaba por completo. Una armonía con el mundo que me rodeaba como no recuerdo haberlo sentido antes. Allí no existía mi frecuente apatía actual por hacer cosas fuera de lo regular. Experimenté quietud en mi interior, una sensación de paz, una completa despreocupación por todo.
    Me deslizaba por la pradera como una fragata sobre perpetuos mares sin fin. Sólo pudiendo ver el horizonte. Sintiendo una gran satisfacción de entender lo lejano e inalcanzable como algo hermoso. Mirando esa línea final que separa el cielo de la tierra sin frustración o lamento. Cosa que siento a veces ante lo que de la vida he añorado y esta me ha negado. 
    Luego de mucho correr y ya cansado, la pradera se había convertido en un alto acantilado frente al mar. Experimentaba el cambio pero no me frustraba al ver el final de un camino. Sentía que una nueva aventura comenzaba y me quedaba parado con el acantilado a mis pies. Bajaba la vista y podía ver las olas rompiendo contra grandes rocas gastadas. 
    Estaba al filo del vacío y no sentía la más mínima presencia de miedo. Siempre sufrí de vértigo, pero no en ese momento. Allí eso no existía. En ese mundo de ensueños nunca había sufrido nada que me lo produjera. No tengo recuerdo alguno de un momento como ese. No recuerdo haber visto antes esa pradera, ese acantilado. Hasta el cielo se me hacía nuevo en ese momento.
Hoy, mientras escribo estas líneas, podría pensar que ya he estado allí y no lo recuerdo. Que cada lugar y cada momento pueden haber sido partes de situaciones reales, algo alterados, pero posibles. Como trozos unidos con el propósito de formar una escena perfecta de los recortes más preciados. Pero ese cielo y ese mar de mi sueño no se me hacen conocidos.
    Luego de largo rato de apreciar extasiado el horizonte, comencé a sentir tristeza al darme cuenta de que la pradera se había terminado y que me encontraba ante ese final. Sabiendo que no podía volver atrás, por más que había recorrido un largo camino para llegar hasta allí. Me vi triste, como sintiendo el principio del fin. Ahora que todo terminaba y no pudiendo volver atrás, ya no me sentí un niño, ya no más. Ante ese acantilado que sólo me permitía ver el océano, tan desmesurado como inaccesible.
    Sentí desilusión, la lamentable y total certeza de saberlo imposible. Sólo pudiendo llegar a él por medio de una gran caída y una muerte segura. Con esto, la alegría que me había llenado el corazón mientras corría, toda esa ilusión y felicidad se transforman de forma cruel. Con lágrimas en mis ojos sentía como toda una vida de total desesperanza y resentimiento se hacían presentes. Mi conciencia, hacía unos instantes infantil y despreocupada, era ahora vieja y torturada. Atormentada por el sufrimiento y las frustraciones. Todo eso me pesaba, me hacía viejo y vencía mis fuerzas. Mis piernas cedían, perdía por completo el control y me sentía caer hacia las rocas. 
    Ahora que el fin llegaba lo entendía. En el momento en que caía, en ese mínimo lapso de tiempo, pude contemplar como todo el sufrimiento de una vida se transforma en belleza. Apreciaba de cada día, cada instante. De los momentos difíciles, cada detalle. Entendía que todo debe tener un fin, para que pueda ser apreciado. Mientras caía sentí la belleza de la sublime brevedad que encierra la vida. Me vi sonriendo y me sentí completo. Luego desperté.







Damián G. Furfuro