Peregrinación






Terminé mi café, pagué y me levanté de la silla. Tomé mi valija y caminé por el largo pasillo del aeropuerto. Eran las seis menos diez de la mañana y debía tomar el micro que me llevaría a mi destino a las seis en el extremo opuesto del edificio. Era Junio y el cielo afuera estaba todavía oscuro.
  Mientras caminaba por el corredor me sentí en una peregrinación solitaria. Una que había comenzado desde el momento en que recibí la noticia por teléfono. Cuando tomé la decisión de abandonar mi pequeño departamento en Barcelona. Preparé una valija para cubrir mis necesidades y llamé a mi único hijo, que vivía en la misma ciudad, para informarle de la noticia y de mi viaje de vuelta a la Argentina.
  Hasta bajar del avión mi peregrinación tuvo un tono de despedida. Subiendo una alta pendiente con esfuerzo, esperando que luego de superar el tramo más alto el recorrido seria más agradable, o que al menos requeriría menos esfuerzo. Una vez en suelo argentino ese tono cambió, se transformó en un retorno desde el exilio. Una larga pausa en la que un océano me había separado del lugar que siempre sería mi verdadero hogar. 
  Llegué a la parada del micro que ya estaba esperando a los pasajeros. Entregué mi valija para que fuera puesta en el sector de carga. Subí algunos escalones y me dirigí hasta mi asiento en el fondo. Subieron otros pocos pasajeros y después de esperar un rato, el micro se puso en marcha. Salimos de la capital en dirección a mi antiguo hogar.
  Volvía a la ciudad en la que vivimos con Andrea toda nuestra vida antes de mudarnos a Barcelona. La verdad es que fuimos arrastrados por la partida de nuestro hijo, su pareja y nuestro nieto. Cuando su trabajo como guionista y cineasta los llevó a establecerse en esa ciudad. En un primer momento estábamos felices por ellos tres. Pero luego, la larga ausencia se nos hizo insoportable. No aguantamos ni un año de esa separación hasta que nos decidimos a partir. Supimos que nuestras vidas debían seguir cerca de ellos.
  Andrea aceleró el retiro voluntario de su trabajo. Yo abandoné mi puesto en la pequeña empresa que había formado con mi hermano hacia más de dos décadas. Sé que él pudo entendernos, que para Andrea y para mí comenzaba una nueva etapa. Dejamos la casa en alquiler, hicimos algunos arreglos para la partida y nos mudamos al continente que siempre habíamos querido conocer, pero al que nunca habíamos logrado llegar. Ahora nuestro hijo nos daba una escusa perfecta para al fin hacerlo.
  Mientras el micro avanzaba por la ruta, el sol entre las nubes del horizonte me trajo recuerdos de muchos años atrás, de cuando los tres vivíamos juntos en nuestra casa de la colina. La que compramos con esfuerzo luego de casarnos. En ese momento pasamos varios meses buscando entre departamentos descuidados y pequeños chalets infectados de cucarachas, para al final dar con la casa en la colina. Si bien no estaba en perfecto estado, nos gustó desde el primer momento. 
  Nos pasamos años acondicionando nuestro nuevo refugio. En medio de esas tareas nació Nico y ningún arreglo previo habría nunca logrado, convertirla en el hogar en el que se transformó desde su llegada. Fue la casa en la que vivimos los tres juntos toda la vida hasta que Nico se mudó con su novia. La casa que luego abandonamos Andrea y yo, que estuvo habitada por otra familia, quienes habrán creado sus propios recuerdos entre esas mismas paredes.
  El recorrido del micro por la ruta costera me llevó de paso por un lugar importante de mi viaje. La villa balnearia donde solíamos pasar nuestras vacaciones casi todos los veranos los tres juntos. Comenzamos a ir con Andrea antes de tener a Nico y seguimos yendo con él hasta que cumplió los diecisiete años. Después dejó de acompañarnos y prefirió quedarse con sus amigos. Mientras el micro se alejaba de la entrada a la villa balnearia me quedé dormido con la cabeza apoyada contra la ventanilla.
  Desperté cuando el micro se detuvo en la terminal, donde se iniciaba el tramo final de mi trayecto. Cuando bajé y las vi, los ojos se me humedecieron. Paola, la viuda de Emilio, y sus dos hijas me estaban esperando allí paradas. Los cuatro nos abrazamos en un reencuentro esperado largo tiempo. Ninguno dijo una sola palabra por un largo rato, hasta que me preguntaron por el vuelo y por Nico. Después subimos al auto y me llevaron al hotel donde yo me hospedaría. Al día siguiente seria el funeral de Emilio.
  En nuestro camino pasamos por un lugar sagrado para mí. No había forma de que no reconociera ese sitio por más años que pasaran. Era el parque donde había conocido, jugado y crecido junto a Emilio. Estaba a pocas cuadras de nuestras casas en el barrio de nuestra infancia. Aun me es imposible olvidar la primera vez que me lo encontré en ese parque, tendríamos unos siete años. Fue cuando yo acababa de mudarme al barrio, extrañaba mi antiguo hogar y no la estaba pasando nada bien. Con el tiempo Emilio me hizo sentir que por él valió la pena dejar todo un mundo atrás, para juntos construir otro nuevo. El camino de mi peregrinación estaba marcado por la dolorosa ausencia, de momentos que habían desparecido para siempre. Mientras nos alejábamos de ese parque ya no pude soportarlo y lloré.
  Hay algo más que hice antes de abandonar mi pequeño departamento en Barcelona. La mañana antes de partir pasé por el mismo lugar que visitaba cada semana. Lo limpié sacando algunos hierbas y hojas sueltas, dejando en su lugar unas flores recién cortadas, como siempre lo hacia. Luego leí una vez más su nombre mientras recorría el grabado en la piedra con uno de mis dedos. Finalmente me alejé de la tumba de Andrea preguntándome, de forma egoísta, una vez más ¿por qué debió ser ella quien partiera primero, y no yo?




Damián G. Furfuro