El hotel







Él salió del auto y entró al viejo edificio del barrio La Perla bajo un cielo gris cargado. Al llegar al mostrador lo atendió una mujer de su misma edad, con un cigarrillo humeando en su mano.
    —Buenas tardes —dijo él.
    —Buenas tardes —dijo ella después de exhalar el humo.
    —Tengo una reserva hecha por internet.
    —Si, mi hijo Iván me dejó tu ficha impresa porque yo no me llevo bien con las reservas en linea todavía. Esperame que seguro lo tengo por acá —dijo esto mientras hurgaba dentro de una gran carpeta repleta de papeles con una mano, sin soltar el cigarrillo en la otra— a ver, a ver, acá está. Y dice...: Dalmiro López, Periodista, Argentino, 60 años, llega el sábado desde Barcelona.
    —Exacto.
    —Por favor necesito tus datos y firma acá, en el libro de entradas. ¿Qué tal el viaje?
    —El viaje bien, sin problemas.
    —Me llamo Susana pero todos me dicen Susi. ¿Te puedo tutear, no?
    —Mucho gusto Susi, por supuesto que podes. Desde que entré al hotel estoy recordando momentos de cuando venia a este lugar hace ya como cuarenta años, me impactó verlo igual a como lo recordaba.
    —¿En serio me decís? no te puedo creer, en esa época al hotel lo atendían mis viejos y yo tenía como dieciocho. Intento mantenerlo como lo dejaron... me hace sentir como... que ellos dos están cerca.
    —Me encanta lo que hiciste, en serio. Por aquellos años venia cada tanto con Andrea antes de casarnos.
    —Y...¿qué pasó que viniste solo esta vez?.
    —Es que Andrea falleció hace cinco años en Barcelona.
    —Huuu, lo siento mucho... perdoname por favor, y yo molestándote con mis preguntas. —hizo una pausa, dejó el cigarrillo sobre el cenicero y volvió a preguntar— pero...¿Por qué volviste entonces ahora a Mar del Plata?
    —Para asistir al funeral de un amigo mañana por la mañana.
    —...Dios, lo siento tanto... en serio te pido perdón por seguir preguntando...yo siempre igual... parece que no puedo parar de hacer cagadas.
    —No te preocupes, me haces recordarla y hace demasiado que no hablo de ella.
    —¿Por qué no hablas de ella?
   —No lo sé bien. Cuando partió nuestros familiares y amigos, acá y en Barcelona, estaban preocupados por mi hijo Nico y por mí. Pero con el tiempo...
    —¿Qué pasó?
    —...como que el tiempo no pasa de la misma manera para todos, ellos dejaron de hablar de ella y la fueron olvidando muy pronto, pero para mí todos estos años han pasado en cámara lenta.
    —No sabés como te entiendo, creo que viví lo mismo con la muerte de mis viejos, para mi todo se detuvo acá dentro, pero afuera de hotel todos seguían como si nada pasara.
    —Siento escuchar eso.
    —Me haces pensar que yo tampoco hablo de ellos desde hace mucho tiempo.
    —Porque no aprovechas y me contás algo más.
    —Es que es una historia tan triste, papá sufria del corazón hasta que le dio un bobazo, mamá se fue apagando poco a poco como un vela y lo siguió dos años después. Cuando ella se fue decidí reabrir y encargarme del hotel que había quedado cerrado desde la muerte de papá —hizo una pausa y le dijo— Pero seguí vos por favor, ¿Así que venías acá con Andrea?
    —Veníamos cada tanto para pasar alguna noche solos a principio de los ochenta. Nos casamos en él ochenta y tres y un años después nació Nico. Fuimos una familia feliz por muchos años hasta que Nico se fue a vivir a España en el dos mil cuatro.
    —Que difícil, pero ¿Vos venís de allá ahora? ¿Lo ves cada tanto?
    —Si, es que tres años después de irse nos avisa que está en pareja con María y que vamos a ser abuelos. Ahí con Andrea movimos todo para irnos a vivir junto a ellos. Logramos exprimirle algunos años más de felicidad a la vida junto a nuestro nieto. Hasta que... el cáncer me la arrancó de las manos.
    Él se quedó mirando el libro de entradas sobre el mostrador. Ella miró el piso y luego su cigarrillo que se había consumido por completo sobre el cenicero.
    Después de un rato él volvió a hablar— Hace tiempo que quería volver para visitar a Emilio, un gran amigo de la infancia. Pero con mi hijo, su mujer y mi nieto en Barcelona, pospuse el viaje de forma indeterminada. Cuando me llamaron hace dos días para avisarme que Emilio había muerto no lo podía creer... —los dos se quedaron en silencio nuevamente.
    —Voy a preguntarte algo que te va a sonar extraño —dijo ella y tomó aire— no me perdonaría no preguntártelo después de conocer tu historia. ¿Querés que mañana te acompañe al funeral de tu amigo?
    Él espero indeciso un rato y finalmente le contestó— Eso sí me ayudaría mucho.



Damián G. Furfuro