La columna de Rubén Bágabot






Lo habíamos planeado durante días. Esa noche me acosté temprano, intenté no levantar sospechas y evité hacer cualquier cosa fuera de lo habitual. Había llegado el gran día que esperábamos. Por la madrugada Emilio y yo realizaríamos nuestra expedición bajo tierra.
  En aquel tiempo ambos cursábamos el ultimo año de la escuela primaria. Todo comenzó cuando durante una clase de historia, la maestra nos instó a buscar en los diarios, alguna crónica o historia que se relacionara con el pasado de nuestra ciudad. Debíamos hacerlo en grupos de a dos y así fue como lo hicimos con Emilio.
  Fue él quien se encargó de adquirir un grueso fajo de diarios de reciente publicación de la casa de uno de sus tíos. Una tarde nos juntamos a tomar la leche en su casa para realizar la tarea. La verdad es que la comenzamos con poco interés. Preferíamos charlar, escuchar la música que sonaba en la radio o leer alguna revista o libro de los que tenia Emilio en su habitación. 
  Estábamos por terminar con la tarea por el camino fácil, con una nota acerca de un viejo edificio municipal. Cuando encontramos en las últimas páginas, una columna que llamó nuestra atención. Se llamaba “La columna de Rubén Bágabot”. El autor contaba allí semana a semana como visitaba lugares desconocidos de la ciudad. Esta vez se había aventurado bajo la superficie donde existía un sistema de  pasadizos y túneles. Detallaba la forma en que ingresó, desde una entrada en la Avenida Pedro Luro, a la obra de un subte clausurada durante los años treinta. Accedió desde allí a los restos de una mina abandonada de finales del siglo XIX, para descender hasta llegar a un lago subterráneo.
  Esa historia, que bien podría haber sido una invención del autor de aquella columna, nos cautivó hasta obsesionarnos. Desde ese momento no hablamos de otra cosa por días. Hasta que el tema decantó en la decisión de armar una expedición secreta para corroborar si esos sitios existían o no.
  De la misma forma en que Bágabot se había preparado para su viaje con mochila, linterna, comida y demás cosas, nosotros seguimos todas las instrucciones de lo relatado en su columna. Luego de algunos días estuvimos listos para el momento de la verdad. Esa noche no pegué un ojo y mi imaginación no dejaba de mostrarme posibles escenarios y cosas que descubriríamos en ese mundo desconocido. 
  Con la calle aun a oscuras escapé de casa sin hacer ruido y esperé a Emilio en la esquina a la cinco de la mañana como habíamos quedado. Al rato él apareció y sin mediar palabra nos dirigimos a la entrada del subte y seguimos paso a paso el itinerario de Bágabot. Salimos de la estación y llegamos a la mina abandonada. Allí la dificultad aumentó porque no podíamos dar con ningún pasadizo que bajara a donde se suponía que el lago debía estar. Pero luego de horas de investigar cada rincón posible, dimos con un pequeño pasaje que nos permitió descender por una serie de intricados corredores hasta llegar a una gran bóveda oscura.
  Se podía oler a humedad y escuchar el sonido del agua correr. Al apuntar con la linterna unos metros más adelante en la oscuridad pudimos divisar la orilla del lago. De repente nuestra alegría se transformó en una pesadilla, nos invadió el terror ante lo que veíamos y no pudimos hacer otra cosa más que correr de vuelta a la superficie. Chocando con los angostos corredores retornamos por la mina, el subte, para al fin salir al exterior, a plena luz del día.
  Han pasado años y nunca he contado a persona alguna esta historia, ni la razón que nos hizo escapar de ese lugar. Sigo viéndome con Emilio, pero hemos preferido no hablar del asunto nunca más.




Cuando Dalmiro y Emilio planearon adentrarse en las profundidades de la ciudad, seducidos por la historia contada en una columna de un diario local, nada sabían de su autor Walter Solar quien usaba el seudónimo de Ruben Bágabot.
  Solar tuvo afinidad por los libros y las historias fantásticas desde pequeño. A los dieciocho años comenzó a estudiar ingeniería en la universidad impulsado por su padre que era ingeniero, sólo para darse cuenta unos meses más tarde de que odiaba todo lo relacionado con esa especialidad y quería dedicarse a escribir.
  Decidió entonces estudiar periodismo, pensó que debía investigar la cuidad y sus habitantes para escribir las historias con las que soñaba. Luego de matricularse encontró un trabajo en un diario de la ciudad. Comenzó desde abajo en un puesto de cadete, pero con los años tuvo oportunidad de mostrar su habilidad para redactar artículos periodísticos, hasta lograr tener su propio espacio que se llamó “La columna de Rubén Bágabot”.
  Esta se publicaba de forma semanal y lo que el autor escribía en su columna era una fina mezcla de lugares y hechos reales, con otros ficticios. Intentaba nunca escribir algo inverosímil, para que el texto pasara cómo un fiel reflejo de la realidad, aunque no lo era en su totalidad. Encontraba cierto placer en este tipo de escritos, donde respetaba la realidad casi por completo, pero siempre agregaba algún elemento creado por su imaginación.
  Cuando se puso a escribir su columna acerca del descubrimiento de un lago subterráneo, nunca imaginó que dos adolescentes, impulsados por una tarea escolar, se toparían con su texto por pura casualidad y  lo usarían como itinerario de una aventura que los llevaría a encontrar algo que ni él mismo escritor habría imaginado.
  Había escuchado de la existencia de los restos de un subte iniciado y abandonado durante los años treinta. Supo también por donde acceder al lugar por una entrada en la Avenida Pedro Luro. Encontró que bajo este lugar existía otro aun más antiguo, los restos de una mina de finales del siglo anterior.
  Se propuso descubrir si la existencia de estos dos lugares era real. Realizó una exploración que le posibilitó confirmar estos datos, la que luego redactó con detalles en su columna semanal. Allí contó la manera en la que se desplazó bajo de la ciudad por un sistema de túneles y pasadizos. Detalló como ingresó por la entrada clausurada del subte y accedió a la mina. Pero nunca encontró ningún lago subterráneo. Ese tramo de la historia que contó en su columna, fue fruto de la ficción.
  Cuando Dalmiro y Emilio se adentraron en los mismos lugares que él describía, creyeron que en verdad había llegado junto a ese lago antes que ellos. Nunca lo discutieron con nadie después de lograr escapar, pero por años ambos se preguntaron si el autor de la columna habría pasado por lo mismo. 
  Cada uno recordaba en secreto como estuvieron largo rato mirando el agua y el barro de la orilla, iluminados por las linternas, en medio de la oscuridad. Hasta que divisaron unas luces que se prendieron en lo profundo del lago. Luego unas siluetas se acercaron de manera veloz nadando desde las profundidades. Un instante después unos seres de gran tamaño con rasgos de reptiles salieron del agua avanzando hacia ellos.





Damián G. Furfuro